sábado, 7 de junio de 2014

Una reivindicación de la película “Tiempo de caza” con Robert De Niro y John Travolta.

“Tiempo de caza” (Mark Steven Johnson – 2013) es mucho más que una cacería humana en la montaña y un plan de venganza. Es una historia de redención, protagonizada con  rudeza al estilo de John  Wayne. Para verla con unos tragos de licor Kräuter.

El veterano del ejército estadounidense, Capitán Benjamin Ford (Robert De Niro) vive recluido en los montes Apalaches. Carga todavía con metralla dentro de su pierna, a raíz de una vieja herida provocada durante la guerra de Bosnia, en los años 90. Se niega a ir al hospital para que lo curen. Considera que aquel pasado es también parte de sí mismo. Vive con la guerra en el cuerpo. Y en la mente. Sus traumas psicológicos lo han llevado a vivir solo: está separado, hace años que no ve a su hijo y se impide conocer a su recién nacido nieto.
Un día aparece por aquellas zonas un desprevenido turista que entabla relación con Ford. En realidad se trata de un soldado serbio retirado, Emil Kovac (John Travolta) que planea ajusticiar un hecho sucedido entre ellos, dieciocho años atrás.
El primer encuentro entre ambos es amable. Covak resuelve un problema en el motor del jeep de Ford. Cae una tormenta, y el norteamericano lo invita a su cabaña.
Durante la cena, el extranjero le muestra un arco y flechas que carga consigo, y le dice que es cazador. Fue a cazar a los montes.
Ford también le revela que es cazador, pero que desde la guerra ha abandonado las armas y es incapaz de matar cualquier cosa. Le confiesa que el fusil Winchester que cuelga entre cabezas embalsamadas de alces, tal como el resto de la cabaña son una mentira, que en realidad toda su vida se ha vuelto una mentira. 
Comparten un licor Krauter Jägermeister que el turista invita.
 En la etiqueta aparecen la cabeza de un alce y una cruz. Covak lee la etiqueta en voz alta: “Es el honor del cazador lo que lo lleva a proteger y a preservar su presa, a cazar con dignidad y honrar al creador y a sus criaturas”.
La mañana siguiente Kovac sale de cacería. Lo que Ford ignora es que tal cacería será entre ellos mismos.
A partir de acá empieza la acción: persecuciones, peleas, torturas. Batallan realmente como dos vaqueros. Pero esa no es toda la película. Las reglas de esta cacería son más o menos las de la etiqueta del licor Krauter. La caza debe ser con dignidad. No se trata de una fría venganza. No es casual que en variadas oportunidades el capturado y sometido logre liberarse y pasar a cumplir el rol de captor. Lo que ocurre es que no buscan asesinarse, realmente, entonces dan tantos rodeos que van logrando liberarse de la posesión del otro y poseerlo.
 Cuando Ford es capturado por primera vez por Kovac, lo increpa a que lo mate de una vez por todas. Kovac le contesta que no es eso lo que quiere. Le dice que podría haberle apuntado a la cabeza o al corazón, sin embargo le tiró a una pierna.
En otro pasaje de la película, Kovac presiona a Ford:
—Quiero una confesión genuina. En la guerra me disparaste por la espalda y me diste por muerto. Yo cargué el dolor dieciocho años. Los indios soltaban las entrañas para revelar los secretos más íntimos. Quiero que tú sueltes todo conmigo. O te mato.
Lo que buscan estos dos personajes es una confesión del otro. No se matan entre ellos, porque de alguna manera en el otro se ven reflejados a sí mismos, son lo mismo: los dos mataron en la guerra, los dos son monstruos, y aunque la guerra termine, queda la cuestión de cuándo termina para uno mismo. Buscan ponerle final a su propia guerra.
El último enfrentamiento se desarrolla en una iglesia llamada Pico de Dios, en las alturas. Se puede pensar: ¡qué cerca están del Cielo!
 En aquel combate vence Ford. Conduce a Kovac a la cima, lo arrodilla y, ubicado atrás de él, lo encañona a la cabeza, tal como dieciocho años atrás.
Antes de disparar, mirando al horizonte, le hace a Kovac la confesión que él tanto buscaba. Le confiesa que aquella guerra para él fue la peor de todas y que se le metió en la cabeza. 

Ya listo para ejecutarlo, y aún con un Kovak pidiéndoselo a gritos,  Ford declina de hacerlo.  
Pablo Vigliano.

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