martes, 26 de noviembre de 2013

Cuento propio: "La ruta fantasma" - trabajado en el Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco y publicado en revista Axxón. Ilustrado por Juan Manuel Valeros.


Mis dedos repiqueteaban sobre la mesa y mis talones golpeaban el suelo de aquel bar perdido en la ruta. Mojado y embarrado, ansiaba el final de la tormenta para continuar viajando, huyendo.
Las tres de la madrugada y yo todavía varado ahí, sobresaltándome con cada trueno. Pronto me atenderían y pediría una taza de café.

Había comenzado el viaje cuatro horas antes, fumando y nervioso, con cielo titilante de estrellas. Pero ese escenario fue mutando hacia un encapotamiento que observaba extrañado. El cúmulo de nubarrones parecía cargado de algo más, de algo desconocido.
—Se confirma el alerta climático para toda la zona —advertía la voz de un locutor por la radio, y agregaba—: Se recomienda a toda la población, choferes y automovilistas, por favor, mantenerse a resguardo durante las próximas horas.
Los Bee Gees sonaron con “Alone”. Entendía la letra: 
"Yo era un jinete de medianoche 

en una nube de humo…"
Las descargas eléctricas se hicieron cada vez más frecuentes, dándome una magnitud del diluvio que se avecinaba. De hecho, el agua no tardó en caer como auténticas cataratas.
Los Bee Gees seguían cantando:
"…estoy solo
Estoy en una rueda de la fortuna

 con un giro del destino"

El olor a tierra mojada impregnaba el interior de mi Ford Escort modelo 99, que había postergado llevar al taller por un pequeño problema hidráulico. Subí los vidrios y me liberé de cigarrillos. El viento me obligaba a agarrar el volante con mayor firmeza. Veía volar ramas de árboles, amputadas por las ráfagas.
"…estoy atrapado en la lluvia 
y no hay una casa"
Deseaba parar en una estación de servicio. No me cruzaba con ninguna. Detenerme al borde de la ruta no era una opción, y si me iba a la banquina quedaría empantanado.
Desaceleré la marcha. La radio emitía interferencia, en ocasiones, ensordecedora. Me preguntaba si era posible que fuese generada por el meteoro, o si la provocaría algo más.
Pensaba que ya no habría compañía ni música, justo cuando una voz comenzó a hablar en mi mente. Era una proyección de mí mismo, dándome consejos desde el asiento del acompañante.
—Gerardo Linburgame: en esa cabaña hacia donde te dirigís no vas a encontrar la tranquilidad para replantear tu vida, quebrada por el abandono de tu mujer. Esa cabaña apesta a recuerdos de pasión y sexo. ¿Por qué mejor no damos media vuelta?
Cerré mis ojos. Al abrirlos, se mimetizaron con la noche. Pronto habría una tempestad.
Oí otra voz. Desde el asiento del acompañante Gustavo, mi primo, me hablaba:
—Imagino que tu gran plan no será ahogar tus problemas en los litros y litros de vodka y tequila que cargás en el baúl, ¿verdad?
Conseguí sintonizar otra emisora, y con ello disipar las voces de mi conciencia. El sujeto hablaba de ovnis. Interesado, y echándole un rápido vistazo a las revistas “Año Cero” que llevaba en el asiento trasero junto a un ejemplar de “El juego de Gerald” de Stephen King, subí el volumen.
—…sus naves espaciales se trasladan escondidas sobre las nubes. Incluso son capaces de formarlas artificialmente…
Un estampido diferente a un trueno me descompensó. Oleadas de agua y barro golpearon el parabrisas.
Por encima de tan cargadas nubes, el cielo se había llenado de luces intermitentes.
—…los avistajes de objetos volantes no identificados por estas zonas están siendo reportados y denunciados por muchos vecinos. Y no estamos locos. Repito: no estamos locos…
Por fin apareció la primera señalización vial en decenas de kilómetros, indicando “Zona de servicios.” Más adelante, otra marcaba una curva pronunciada. No la veía: camino y banquina estaban anegados por el mismo barrial.
Me sentí encandilado y aturdido. Perdí el control de mi vehículo. Hubo sacudidas y estallidos. Desde ese momento, ya no estoy seguro de los acontecimientos.
Logré llegar, corriendo bajo semejante aguacero, al bar-parador.


—…así es la historia, mis amigos —decía el locutor, que había musicalizado con Bee Gees—. Nunca hubo ovnis por estas zonas, eso está descartado. Pero, para los gustosos de historias paranormales, cuentan que todavía puede oírse el impacto de aquel Escort contra uno de los árboles de la banquina en “La Curva de la Muerte”. Incluso hay más: en el parador afirman que, si se hace silencio, a eso de las tres de la madrugada, junto al ventanal lateral, se escucha como si alguien tamborileara con los dedos sobre la mesa, ansioso, aguardando, quién sabe, por una taza de café.



Pablo Vigliano (1981) nació en San Miguel de Tucumán. Es Licenciado en Comunicación Social (Universidad Nacional de La Plata). Reside en Rosario desde 2006. Asiduo lector, sus géneros favoritos son la ficción, lo fantástico y lo sobrenatural. Sus autores preferidos son Poe; King; Bradbury; Barker; Maupassant; Hill. Participa del Taller de Corte y Corrección de Marcelo di Marco desde fines de 2012.


Ilustración: Juan Manuel Valeros

Una escena para taparse los ojos (publicado en: Fin Diario informativo cultural, proyecto conjunto de elaleph.com y Taller de Corte & Corrección )

—acerca de las gemelas de la película El resplandor


por Pablo Vigliano*

Anunciando el programa #22 Cómo fracasar contando una historia de tips de escritura de Marcelo di Marco, en el canal “Taller de Corte y Corrección” por YouTube, se presenta una fotografía de la película El resplandor, de Stanley Kubrick, donde aparecen las célebres gemelas fantasmas. Las mismas que, como espectadores, nos habrán sugestionado durante varias noches hasta las pesadillas. Si se atreven a mirar, a continuación analizamos la construcción de la imagen en el contexto del film.
¿Por qué nos resulta imposible permanecer indiferentes frente al cine de Stanley Kubrick (Estados Unidos, 1928 – Reino Unido, 1999), y a dicha imagen en particular? Sus obras —entre ellas, Lolita, 1962; La naranja mecánica, 1971; El resplandor, 1980— nos resultan sensacionales, porque nos transmiten variadas emociones: asombro, angustia, temor, intriga.
El resplandor es una novela de 1977, de Stephen King. Trata sobre un matrimonio y su pequeño hijo, quienes se instalan en un lujoso hotel (el Overlook) en las altas montañas de Colorado, en aceptación de una propuesta laboral. Allí, aislados por la nieve durante toda la temporada de invierno, deberán desempeñar tareas de limpieza y mantenimiento. Sólo estarán ellos tres. A lo largo del desarrollo de la historia, al drama sobrevendrá el terror.
En uno de los tips de escritura, Marcelo di Marco nos explica cómo ganar en sensaciones en nuestros textos. Nos recomienda también algunos libros y películas a modo de buenos ejemplos. Y se ve que Kubrick lo tiene muy claro. Se sirve de todos los recursos y herramientas válidos, insertando como valor agregado elementos que apelan a lo psicológico. El aporte le sirve para transmitir un mensaje subliminal, generando un subtexto por debajo de la puesta en pantalla. En el cuadro de imagen de Kubrick, no hay cabos sueltos y nada está librado al azar: todos los elementos que la componen están pensados, diseñados para causar el efecto deseado. Ya desarrollaremos tal construcción audiovisual en la escena de las gemelas.
La trama transcurre como una experiencia de personas normales en una situación límite, desesperante. Jack Torrance es un profesor de Literatura expulsado del colegio donde dictaba clases, por su problema con el alcohol. Es un personaje machista, violento; un escritor que no encuentra el éxito; alguien que carga con muchas angustias, como la de haber sido víctima de maltrato infantil por parte de su padre. A él le ofrecen el trabajo, y acepta. Desempleado y desesperado, piensa, iluso, que podrá aprovecharlo también como una oportunidad ideal para escribir una novela, mientras su familia disfruta de las comodidades del hotel.
El aclamado director se basó en el lado más psicológico del texto para realizar el largometraje. Recortó la complejidad del mismo para centrarla en Torrance, interpretado por un magnífico Jack Nicholson que deslumbra por sus expresiones enloquecidas, simbiosis de carácter y aura esquizofrénica.
Las gemelas espectrales son protagonizadas por Lisa y Louise Burns. El estupor frente a lo imagesque no tendría que estar allí, enloquece, aterra: tal la reacción de Danny, el hijo del escritor (representado por Danny Lloyd). Cargada de un fuerte contenido psicológico, la escena logra aterrarnos. Son gemelas, se dan la mano y sonríen: están “juntas” en sus macabros planes, y se están burlando. Llevan puesto vestidos de otra época y de color celeste, no rosa, provocando el desconcierto de quien las ve. No salen de ningún lado: no hay puertas a la vista y el pasillo es estrecho, claustrofóbico. No hay escapatoria; detrás de ellas hay una puerta, claro está, pero no salen de ahí, están quietas muy adelante. Son una aparición, porque no están jugando (no se ven juguetes): sólo permanecen allí como los espantos que son, delimitando territorio. Su territorio. Están donde no debería haber absolutamente nadie. Representan algo más allá que lo convencional. Sigamos viendo por qué.
Los mensajes subliminales son verdaderas construcciones interdisciplinarias, en este caso, entre la Psicología y la Cromoterapia. La Cromoterapia es el estudio de los colores, y de ahí cómo se puede jugar con la significación social de los mismos. Es decir, se supone que socio-culturalmente una niña debe llevar vestido rosa y no celeste. Además, se utilizan en la escena otras disciplinas como la música tensa, que golpea, sobresalta. La banda sonora estuvo a cargo de Wendy Carlos y Rachel Elkind, que se inspiraron en piezas clásicas de Berlioz, Bartók y Penderecki.
Lo subliminal se puede conceptualizar como estímulos conducentes o métodos persuasivos para provocar una determinada finalidad; en este caso, miedo. Es muy utilizado en campañas publicitarias de cualquier índole. Algunos estudios afines los realizaron Vance Packard (The Hidden Persuaders, 1957) y Wilson Bryan Key (Subliminal Seduction, 1973).
¡Yo hubiera jurado que King había escrito sobre las gemelas! Tenía desvirtuados los recuerdos entre libro y película. Kubrick nos va preparando como espectadores. Nos va introduciendo en ese clima de suspenso cuando el niño recorre el hotel en triciclo: el sonido y los ecos de las ruedas de plástico a lo largo de aquellos pasillos solitarios del hotel, a veces ensordecido cuando atraviesa zonas alfombradas, son herramientas cinematográficas que nos producen tensión. Más pedalea la criatura y nosotros más nos estremecemos en nuestros asientos. Podríamos haber anticipado que vendría un sobresalto, pero la imagen nos impacta como si aquellos espectros se nos aparecieran a nosotros mismos, tal es el enfoque de la cámara. Ya desde el paseo en triciclo, la perspectiva es la del pequeño Danny. Nos pone en su lugar. Y él, cada vez que gira hacia un pasillo distinto y desconocido, nos pone la piel de gallina, porque sabemos que Danny ve cosas, ve espíritus y no queremos toparnos de frente con ninguno.
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Otros elementos presentes en la película que no aparecen en el libro son los datos y las imágenes en torno a que antes del hotel había existido allí un cementerio de aborígenes. Esto nos remite a almas en pena, a lugar encantado. Afuera del hotel no hay un jardín de juegos como en el libro, sino un laberinto, representando la confusión, la pérdida de la cordura. Y justamente es allí, en un laberinto nevado, congelado, donde termina la película, quizá como una metáfora de perderse en la propia locura.

pablo face 2*Pablo Fabián Vigliano es Licenciado en Comunicación Social. Asiduo lector, su género favorito es el fantástico. Entre sus autores preferidos se encuentran Poe, King, Bradbury, Maupassant. Participa del Taller de Corte y Corrección desde el año 2012.
En FIN ya hemos publicado su artículo “Con las llaves desde lo más alto de la Torre”.

Cuentos de La Abadía de Carfax 3

http://laabadiadecarfax.blogspot.com.ar/
Los cuentos de la presente entrega de "La Abadía de Carfax" harán que el lector se enfrente con sus propios fantasmas y demonios. Aquí habitan vampiros, zombis y más fenómenos horrendos. Y también acechan desde cada rincón abominociones sutiles y cotidianas, aquellas que logran invadirnos antes de que nos demos cuenta.

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